Maternidad. Por dónde empezar. Nunca tuve instinto maternal. Ya sabía que tener niños suponía mucho sacrificar; en primer lugar tu cuerpo que no sabes si volverá a ser igual o por lo menos que no te vaya a quedar peor, Y sacrificar todas esas cosas que sabes que no harás después de ser madre.
Y si a este sacrificio y esfuerzo ya inicial le sumamos la presión de las redes sociales y las supermamás, tenemos un cóctel llenito de autoexigencias e inseguridades.
Supermamás por las que no se ve rastro de embarazo, de haber tenido un bebé nueve meses en su cuerpo. Ni rastro de peso de más, grasa en lugares donde no sabías que podía haber, o estrías en sitios insospechados. Su cuerpo es un templo. El mío debe ser un after. Después de diez años ya de mi segundo hijo sigo con mi grasa en lugares extraños, mi barriga, y estrías en lugares inhóspitos.
Pero lo peor de todo es que joder hago deporte. Deporte que antes no hacía porque no lo necesitaba. Podíamos comer comida basura, pasarnos la tarde viendo pelis y comiendo mierdas que no nos hacía falta el ejercicio. Todo estaba en su sitio.
Y que me decís de esa piel brillante y perfecta, con el bronceado justo aunque estemos en diciembre. En pleno invierno lo normal es tener una colección de bikinis de todos los colores a mano para lucir tipo en el espejo de la habitación. Pero claro lo mio es tener dos bikinis del mismo modelo en distinto color que son aquellos que encontré un día en El corte inglés y que por lo menos me disimulan la barriga.
Pero esto no es todo no. A esta peña le da tiempo a levantar a los niños de la cama a las 6, preparar un desayuno completo con huevos, cereales, fruta…Nada que ver con levantarte media hora antes de la entrada al cole, desayunar casi de pie, y correr por la casa en bragas gritando que no llegamos.
Pura adrenalina maternal.
