Hoy es 15 de octubre, Día Internacional de la muerte gestacional, perinatal y de la primera infancia. Y llegado este punto muchos habréis dejado de leer, ya ver estas palabras juntas en una frase nos causa un gran rechazo,… por algo no nos gusta hablar de ello. La muerte nos causa rechazo, y si hablamos de la muerte de un bebé, de un niño, demasiado impacto.
Pero por mucho que duela a veces pasa, a veces hay que soltarlo y hay que hablar de ello. Porque necesitamos contarlo y escucharlo.
Porque tenemos que saber que el amor no tiene medida. Y no importa que hayas perdido un bebé, que hayas tenido un aborto de pocos meses, o un niño más mayor… Este día recuerda el dolor y el duelo que pasa por la pérdida de esa parte de nosotros que a veces no llegamos ni a sentir en nuestra piel.
Y es que sin darnos cuenta en ocasiones minimizamos el dolor de otras personas por el hecho de que a lo mejor «sólo» llevaba unos pocos meses de embarazo, o nace sin vida y no llegas ni a oir latir su corazón.
El dolor no tiene edad ni tamaño.
Yo estaba feliz, súper feliz, un bebé buscadísimo, una tremenda ilusión de futura mamá primeriza, la ropa premamá, las chaquetitas y los patucos que con tanto amor hacían mi madre y mi suegra, preparar la habitación para esa llegada… Un momento en el que deseaba tanto ejercer de madre, entregar amor incondicional a un pequeño ser que entraría en nuestras vidas y nosotros con las manos y el corazón abierto.
Dos meses de embarazo, emoción, ilusión, tantas ganas de ser mamá… Llena de emoción, de fantasías, de amor al fin y al cabo. Sentada como cada día en mi despacho, un día más de trabajo. Y de repente sentir que algo ha pasado. Algo malo. Muy malo. Sangre. Mucha sangre. Y la incertidumbre. No es nada, tranquila. Suele pasar. Y entonces la vorágine, el caos. La locura que me envolvió y me tragó durante tres días en los que el mundo se dio la vuelta.
De médico en médico, de sala de urgencias en sala de urgencias. Dando vueltas como un paquete. Sí, eso es lo peor de ser embarazada primeriza, te reducen al valor de algo que lleva un bebé dentro y para la que todo es una paranoia.
Pero hoy no lo es. Hoy no estoy paranoica. Se está yendo, se va de mí, lo estoy perdiendo. Y no hay nada que pueda hacer para evitarlo. Camas de hospital, pijama de hospital, ecografías, pruebas. Se va, se va, lo pierdo, de forma inexorable. Ni siquiera me sale un llanto, sólo me puedo enfadar. Enfadarme conmigo misma, algo habré hecho mal, con el sistema, por menearme de un lado a otro mientras esa vida se va de mí. Y me enfado porque hace unas horas tenía un ser en mi interior y ahora se está yendo. Y nada lo puede cambiar.
Cuando todo termina llega el vacío, el silencio, las miradas tristes. Y todo lo que hacía hasta esa mañana pierde sentido. El ácido fólico, los libros de maternidad, el diario de embarazo, las citas médicas, la ropita que está en el armario. Todo se esfuma como si ese «tú» no hubiera existido.
Y pasa el tiempo sí, y estaba de poco tiempo, sí. Pero no importa, el tiempo sólo suaviza tus emociones, pero no lo olvidas. Ni nunca lo olvidarás. Nunca olvidaremos. Y en este día cada año nos acordaremos de todxs los que hemos pasado por ello.
El amor no se mide en tamaño. Ni en tiempo. Simplemente no se mide. Sólo es amor.
Nunca te olvidaré.
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