Pensemos en la violencia, la crueldad, el maltrato, ¿Cuál es esa pregunta que nos hacemos constantemente? Tanto en la filosofía, como en la ciencia, o en el Derecho, el interrogante siempre es ¿Por qué? ¿Por qué los seres humanos somos crueles, por qué realizamos determinados actos violentos muchas veces sin sentido o sin aparente motivación.? Cuestión esta que permanece inexorable e insistente en la mente de las víctimas o familiares de los que han padecido algún ataque o violencia de otra persona Buscando explicaciones y teorías sobre los actos humanos y sus consecuencias recordé esta perturbadora perfomance de la artista serbia Marina Abramovic. Llamada a sí misma «madrina del arte de la perfomance» puso su cuerpo al límite en este obra que se desarrolló en la Galería Morra de Napolés en el año 1974. Tal como relata la autora no quería morir, no era este su interés, sino que buscaba llevar su cuerpo al límite, ver cuan lejos puedes llevar la energía del cuerpo humano. Para llevarla a cabo, en una de las salas de la galería colocó 72 objetos, algunos de ellos que podrían infligir un daño mortal. Una rosa, uvas, un látigo, un libro, unos zapatos, vino, pan, un abrigo, un sombrero, una barra de metal, una pistola y una bala… Durante seis horas ella sería el objeto, el ente inanimado que permanecería frente a la mesa, dejándose hacer, llegando incluso a eximir la responsabilidad de cualquiera en un documento firmado por ella misma, declarándose responsable de todo lo que pudiera ocurrir durante esas horas. La idea de Marina era dejar que fuera el público el que tomara las riendas, siendo la artista el elemento pasivo de la performance, y asumiendo además todas las consecuencias. Al principio los asistentes fueron tímidos, vacilantes, le dieron la rosa, la besaron, la miraban. Pero poco a poco se empezó a tornar salvaje. Cortaron su cuello y bebieron de la sangre que brotaba. La cargaron por el salón y la pusieron en la mesa con el cuchillo entre las piernas. Entonces alguien cogió la pistola y se la puso en la mano a ver si apretaba ella el gatillo. En palabras de la artista, el dueño de la galería en ese momento entró en la sala y enloqueció, tirando el arma por la ventana. Con las tijeras cortaron su ropa y le clavaron las espinas de la rosa por el cuerpo. Al transcurrir las seis horas y terminar la performance, Marina comenzó a moverse, volviendo a ser ella misma, dejando de ser el objeto receptor del libre albedrío de los asistentes. Estos empezaron a correr, evitando el contacto físico y visual con la artista, siendo incapaces de enfrentarse a ella como persona. Marina puso aquí en evidencia conceptos tan relevantes en la sociedad como la crueldad, la empatía, la libertad, el libre albedrío o la compasión. Como seres humanos gozamos del libre albedrío, esa capacidad de tomar decisiones autónomas, elegir entre varias opciones y «asumir» la responsabilidad de sus consecuencias. Un concepto complejo, no exento de polémicas y objeto de estudio constante por científicos (el neurocientífico Robert Sapolsky afirma que es un espejismo mental), filósofos (Aristóteles defiende que el libre albedrío es movido por sí mismo), religiosos (San Agustín, Martín Lutero y Juan Calvino nos hablan de la gracia divina y el pecado original. ) Pero, ¿Qué ocurre cuando se nos da la posibilidad de hacer lo que queramos, incluso de hacer daño a otro, sin tener que asumir ninguna responsabilidad. Marina asume todas las consecuencias, sin inmutarse y sin confrontarse. En esta ocasión aunque el público no reaccionó así inicialmente, al ver que se abría un mundo de posibilidades y de experimentación optó por infringir daño, dolor, llegando incluso ponerla en una situación límite al pretender que ella disparase la pistola. Entonces, ¿Qué mueve a aquellos que infringen dolor, maltratan o causan daño a otro, sabiendo que en la vida en sociedad SÍ que hay un responsabilidad, tanto social como jurídica? El moverse en el filo de la justicia, la propia satisfacción personal y esa predisposición de los seres humanos a la crueldad es lo que lleva a cuestionarnos la naturaleza humana. Por supuesto no he encontrado respuesta a mis preguntas, pero sí he descubierto toda una serie de estudios y corrientes súper interesantes (algunas retorcidas) sobre este tema, y por supuesto he revisitado la obra de esta gran artista (para mí), que nunca ha estado exenta de polémica, tanto por sus performances como por su personalidad. Un poquito de música para terminar…
Adrenalina
Siente sus sienes palpitar, las piernas colgando a escasos centímetros del suelo. Consigue encaramarse al muro con dificultad. Esto sólo acrecienta sus ansias de consumar sus intenciones, el muro es más alto de lo habitual, así que espera encontrar un botín ahí dentro. Pero no lo quiere hacer sólo por eso. No. También quiere la adrenalina. Y la venganza. Vengarse de ese juez. Del que lo metió en chirona. Casi diez años. Casi diez años entre rejas. Se dice pronto. Pero pasan lentos, muy lentos. No roba por necesidad, no. Lo que roba muchas veces ni siquiera tiene un valor destacable. Nunca encontró algo que estimulara su cerebro. Nada que calmase sus ganas de arriesgar. Estar en el filo del abismo, a punto de caer, saliendo del peligro en el último minuto, Eso es lo que quería. Adrenalina. En vena. Entonces empezó con las drogas. Necesitaba probar cosas nuevas Ahí empezó la caída en picado. Buscando las drogas más duras. Se movía por los peores ambientes, pisos de la droga, cuerpos amontonados buscando la dosis. Jeringas, crack, sobredosis, coca adulterada. Viviendo al límite. Al filo del abismo. Pero se terminó cansando. Tenía que encontrar algo más intenso, un subidón en el que estuviese más consciente. Y empezó a robar. Que sensación. Buscar a la víctima, preparar el golpe. Escalar los muros, romper ventanas. El riesgo de que te pillen. Adrenalina. En vena.
Extenuación
Agotado, vacío, exhausto. Una vez liberada la ira, ya sin nada dentro, poco tiene para dar u ofrecer. Siempre pasa así. Ella. Ella y sólo ella. Ella es su vida, su obsesión. Cada día la desea, cada día necesita más su cercanía, su presencia. Y en esa misma medida que la necesita ella puede prender la mecha. Ese fino hilo que separa la tranquilidad de la tempestad. Entonces llega la furia. Siente ese inconfundible calor que le invade y que recorre su cuerpo, pierde la noción del tiempo, y su cerebro entra en un bucle. Ya ha perdido el control. Pero no del todo. Sabe hasta donde tiene que llegar, donde tiene su límite. Tiempo atrás sólo le gritaba, le llamaba la atención, un «toque» como le gustaba decir. Pero de pronto dejó de ser suficiente. Aquella vez que descubrió que hablaba con otro hombre por el móvil, un amigo decía, pensó que se volvía loco, no se lo pensaba permitir. Empezó a gritarle fuera de sí, el calor recorría su cuerpo a toda velocidad. Le arrebató el móvil de las manos y se lo llevó a la boca. Lo mordió con furia hasta conseguir destrozarlo. Después la agarró de los pelos y la fue arrastrando por el pasillo hasta encerrarla en la habitación. No iba a consentir eso. Juguetea con el pitillo entre sus dedos, el humo disipándose a su alrededor. La oye sollozar en la habitación contigua. ¿Cuándo se piensa callar? Se siente tentado a empezar de nuevo, pero no le quedan fuerzas. De un momento a otro ella se cansará y se quedará dormida, siempre es así. Mañana, antes de salir, maquillará las marcas que ha dejado en su cara, cubrirá como tantas otras veces los moratones repartidos por su cuerpo. Y por supuesto no dirá nada. Así tiene que ser. Extenuado.
Tormenta eléctrica
Agitada y sudorosa, se despierta en plena noche. Su recuerdo le asalta cada día, mientras duerme. Y mientras está despierta. No puede pensar en otra cosa. Sin poder controlarlo, su cerebro la traiciona. Rememora esa noche una y otra vez, intentando atar los cabos y buscar sentido a esa irresistible atracción, a la tormenta eléctrica que se ha desatado después de conocerlo. Un gran error. Satisfacer ese deseo que la invade cada vez que lo ve sería un tremendo error. Satisfecha y feliz en su vida. Entonces…Qué pasa. En su primer encuentro, una noche de fiesta con amigos, desde el primer momento sintió sus ojos fijos sobre ella. Todos sus movimientos observados por él. Una mirada que la atravesaba, hasta lo más profundo de su alma. No era sólo la atracción física, había algo más. Algo intenso que no conseguía controlar. Una tensión no sólo percibida por ella. Era evidente. Mira el móvil, Las fotos de la otra noche. De nuevo ese calor. No, no se lo puede permitir, no puede ser que sienta algo así. Sentir ese deseo por dos personas. ¿Es posible? Su pareja no ha dejado de atraerla, al contrario, cada día siente más deseo por él. Entonces… Incómoda, se agita nerviosa ¿Qué ocurriría si resuelve esa tensión, si le pone fin? ¿Que pasaría si da rienda suelta a ese deseo que la invade, ese deseo de tenerlo cerca, de tocarlo, de que la toque? Terminaría la tormenta. O no.
HUIDA
Hace frío, mucho frío. En esa casa siempre hace frío. Se le cala hasta los huesos. Se echa una manta a los hombros y se acerca a la ventana. Con dificultad ha conseguido por fin que los niños duerman, el bebé está tan inquieto. Dispone de un par de minutos antes de que él vuelva a la habitación. Tiene que planear su huida. Su única obsesión desde hace una semana. Ya consiguió huir de su país. Llegar a España. Una vida nueva. Mejor. O no. Desde la ventana alcanza a ver parte del gran jardín que rodea la casa, el huerto, los animales. La sinuosa carretera que conduce al pueblo se le antoja tan lejana pero tan esperanzadora. La casa está en un alto, el principal motivo de ese frío que no consigue sacarse de encima. Y esas ventanas. No cierran bien, son de madera, viejas, las bisagras oxidadas. Todo en esa casa es tan viejo… De repente siente cómo se le escapa la esperanza, está sujeta por un hilo tan fino. Suspira. Tiene que salir bien. No puede fallar en su plan. El mínimo error podría echar a perder su huida, y se quedaría atrapada en esa pesadilla sin fin. No tiene a nadie a quien recurrir, está sola, ella y sus dos hijos. Y él, él tiene a toda su familia, sus amigos. Y luego está el viejo. El viejo lo sabe todo, está ciego, pero los oye. Las discusiones, los gritos, los golpes, los llantos. Y luego el silencio. Pero no dice nada. Sentado todo el día en ese sillón de flores apolillado. Escuchando la radio, hablando por teléfono. No se lo puede reprochar. Mañana. Es el día que él no vendrá a casa a comer, el único día que ella puede intentar escapar. Cruza los dedos, repasa su plan mentalmente, minuto a minuto. Se gira bruscamente, él acaba de entrar interrumpiendo sus pensamientos. – No permitiré que los niños tarden tanto en quedarse dormidos. Encárgate o lo haré yo.- Su tono furioso ya no le sorprende-. Ahora a la cama. – Claro- asiente resignada. Como cada mañana, día tras día, se levanta, despierta a los niños y prepara el desayuno. Todo transcurre con normalidad, el bebé llora, el mayor corretea, el viejo no dice nada. Y él se marcha, dejándola como cada día sola en esa casa tan grande, tan fría, tan antigua, tan triste. Procura no mostrar ansiedad, aunque el viejo no vea lo intuye todo. Recoge la mesa, friega, prepara el agua para los biberones… Con cuidado de no hacer ruido mete en la bolsa del bebé galletas, agua, potitos, lo suficiente para la comida y la cena. Seguro que encuentra algún sitio para dormir. ¿Verdad?. Sí, tiene que encontrarlo. Flaquea, por un momento el llanto parece venir a su rostro, pero se lo guarda. Deja al viejo en la planta de abajo, en el sillón, con su radio y su teléfono, y sube a preparar la pequeña bolsa de deportes que trajo de su país con sus cosas, ahora para meter la ropa de los tres. Mira el reloj ansiosa, no puede perder más tiempo. Coge la bolsa, el bebé pegado a su pecho y el niño agarrado de la mano. Baja y camina sigilosa hacia la salida trasera de la casa, tendrá que atravesar parte del huerto y el gallinero, pero es la única manera de salir sin que los vecinos la vean. Está lloviznando, así que le resulta difícil teniendo que tirar de los niños, pero lo consigue. Llega a esa puerta trasera que ya no se usa y que conduce a la carretera. Esa puerta que la puede llevar a la salvación. La atraviesa, mira a los lados temerosa y comienza a caminar, y caminar y caminar. La parada de autobús para llegar al pueblo está a veinte minutos de la casa, pero con los niños a cuestas se convierten en casi una hora. Pero llega. Y sube al bus. La mitad de su plan está listo. Ya queda menos. Desde que nació el bebé, hace diez meses, no ha salido apenas de la casa, sólo al huerto y a dar de comer a los animales. Él no la deja. Ni trabajar ni salir. «Yo me encargo del trabajo, del dinero y de las compras. Tú cuida de la casa y de los niños. Y del viejo.» Punto. No conoce el pueblo lo suficiente, el poco tiempo que lleva allí apenas lo ha visitado, pero es un sitio pequeño, piensa que puede conseguirlo. Se aferra a la esperanza con desesperación. Tiene que hacerlo. Por sus hijos. Por ella. Baja del autobús y pregunta por el Ayuntamiento, seguro que allí encuentra a alguien que la ayude. El bebé llora, tiene hambre, el mayor empieza a protestar por el cansancio. Se refugia de la lluvia en un soportal. Les da de comer, les canta, les calma. No puede ir a una cafetería, tiene el dinero justo para coger el bus de vuelta si el plan no sale bien. La última opción. Encuentra lo que parecen unas oficinas al lado del Ayuntamiento. Sí, parecen algo público. Entra. Empapada por la lluvia, sudorosa, el bebé en brazos y el niño de la mano. Tres mujeres trabajan concentradas frente a sus pantallas. La miran sorprendidas desde sus mesas. – Necesito ayuda. Mi marido me maltrata. Acabo de huir. No tengo adónde ir. Las mujeres se levantan, la sujetan, la abrazan. Y ella se derrumba. Llora. Se desvanece. La ayuda ha llegado. Lo ha conseguido. La huida ha terminado.
Mirada vacía
No podía respirar. Ni articular palabra. A través de sus párpados entreabiertos alcanzaba a ver sus ojos, inyectados en sangre, su mirada vacía. Atenazaba su garganta con fuerza, con sus grandes manos la mantenía suspendida en el aire, las piernas colgando, laxa como un muñeco. La niña. La niña chillaba. Nunca la había oído chillar así. – ¡ Por favor papá! ¡ No mates a mamá! Empezó a boquear. Oyó sus dientes chirriar, apretaba la mandíbula, su cara convertida en una horrible mueca. La niña intentaba, sin éxito, agarrar sus piernas. Se juraba y perjuraba a si misma que no siempre había sido así, que antes era diferente. Cómo le quería, como le gustaba que él le dijera que la quería, que estaba enamorado perdidamente de ella. Tan guapo y alto, con tantas mujeres detrás se él, se sentía orgullosa de que se hubiese quedado con ella. La primera vez, cuando empezó a darse cuenta de que algo iba mal, pasó tan rápido… Ella sólo se había quejado de que no le duraban los trabajos. Él le dio un puñetazo. El primer ojo morado. No supo reaccionar. Dejó que pasaran los días y al ver que no se repetía terminó por confiarse, Se dijo a si misma que había sido algo esporádico. Pero no lo era. Una tarde, ella le pidió que dejara de beber delante de las niñas,sudoroso y nervioso, las estaba alterando. Entonces, él se levantó e intentó romperle el brazo con sus propias manos. Nunca había sentido tanto dolor. Poco a poco había conseguido que ella terminara por perder su autoestima. Acabó siendo una persona que se sentía pequeña, insegura y frágil. Cuestionaba sus decisiones, se burlaba de ella. Terminó por aceptar sin cuestionar por temor a los golpes. Seguía apretando con fuerza, cuando creía que no podía hacerle más daño, con la mano libre le asestó un fuerte golpe en la nariz. La sangre empezó a manar, roja y brillante. La niña. La niña chillaba aún más alto. «Esto se acabó. Me voy a morir.» Aire, oxígeno. Entre sus labios siente como vuelve a entrar el tan ansiado aire. Con el cuello liberado se desploma contra el suelo con todo su peso. Empieza a toser, como nunca ha tosido. Siente la sangre caliente deslizarse por su cara. Entre brumas, mareada, alcanza a ver a su madre en la habitación. Está gritando fuera de sí. Lo empuja, lo abofetea… Ella es su liberadora. La niña. La niña sigue llorando. Desconsolada. Él la mira de reojo. Una mirada de asco. Abre la puerta y sale. Furioso, indignado. Sin volver la vista atrás. El portazo de la puerta vibra en la habitación como el último coletazo de un terremoto. Está salvada. De momento.
El peso de la vocación I
Es sabido que los abogados de oficio tenemos que aceptar todos los casos que nos llegan por esta vía, aunque nos implique un problema moral, aprovechamos la mínima ocasión para dejarlo bien claro, Pero, ¿y cuando te llega ese caso particular, que no es del turno de oficio pero que te pone en ese «dilema moral»? El cliente quiere un abogado, necesita ahora un abogado. Tú eres abogada. Y te quiere a ti. Todos hemos visto alguna vez Pactar con el diablo. Como nos gustan las pelis de abogados, sobre todo en las que se les pone en una encrucijada de decisiones. En esta peli se nos enseña un despacho falto de moralidad, donde sólo importa la avaricia y la satisfacción propia , abogados que carecen de empatía y sentido de la justicia. Pero tienen un motor, el que mueve este engranaje, el dinero. Pero, ¿y cuando el motor no es el dinero? ¿Y si el incentivo es satisfacer tu vocación? Atestado nocturno. Un caso complejo, aunque por las pruebas podemos ver que la víctima es él realmente, ella es la que lo denuncia por los denominados jurídicamente «motivos espúreos». Tengo buenos argumentos para mi defensa, apoyados en pruebas, así que consigo que salga libre de cargos. Listo. Pero no. Espera. Quiero denunciarla a ella, quiero una orden de alejamiento de mí. Y de nuestro bebé. Quiero un abogado. Te quiero a ti. <Vuelco al corazón> En mi interior, una ebullición. No, no puedo hacer esto, no, no puedo separar a una madre de su bebé. Él insiste en sus argumentos para pedir la orden, la falta de atención de ella con el bebé, el maltrato hacia él. Quiero ser buena abogada, penalista, con lo difícil que es conseguir casos particulares. Y este lo es. Penal. Y particular. Pienso, valora con distancia. Si esta acusación no la llevo yo, la llevará otro. No depende sólo de mi que le den la orden, si un Juez la acuerda, a lo mejor es lo correcto, por el bien del bebé. Cuando él empieza a contar los detalles, noto ese subidón de adrenalina. La «vocación». Aunque durante los años de carrera parece estar dormida, cuando empiezas a llevar casos se despierta, y ya no lo puedes evitar. Cuando un cliente te cuenta su caso (cuanto más difícil mejor), piensas la estrategia, preparas las pruebas, los argumentos finales, quieres ponerlo todo en práctica, hacerlo ya. Con un objetivo GANAR.
La alargada sombra del bullying
Un día menos de clase para, por fin, terminar este curso. El suplicio diario con sus compañeros aviva el deseo de que termine el trimestre y así poder disfrutar del ansiado y feliz verano. Su mejor amiga,la única que tiene en esta clase, está enferma. Lleva una semana sin venir, de nuevo toca soportar sola los insultos y desprecios. Únicamente en el tiempo de patio podrá encontrarse con amigas de otras aulas y volver a ser persona. El bullying no siempre tuvo nombre. Antes era cosa de niños. La excusa para una forma de violencia. La última asignatura del día, en cuarenta minutos podrá salir de allí, de su particular infierno, subir al bus, llegar a casa. Allí está a salvo, en su refugio, con su familia, sus libros, sus discos, pudiendo estudiar tranquila. Qué ganas. Pero no se lo van a poner fácil. Sin motivo aparente, un clic en uno de sus acosadores abre la veda y comienza el que será uno de los peores días de su vida. Ella es una niña normal, a sus quince años es tímida, sensible, una niña más. Como se repite a si misma, no hace daño a nadie, no molesta, quiere pasar desapercibida. Pero no le dejan. Lleva soportando desde los cuatro años el acoso de un grupito de compañeros, todos chicos, que se encargan día a día de hundirla y humillarla. Empieza el día en clase con fea, y termina el día con fea. Las clases en este curso son de cuarenta alumnos, es fácil que cuando el profesor se levanta a pasear por el aula no pueda ver todo lo que ocurre. Es el momento perfecto para que los acosadores saquen la artillería. En un rápido movimiento se intercambian los sitios para que el cabecilla pueda estar más cerca de ella. Empieza la pesadilla. El sudor corre por su frente, la respiración se le acelera, siente palpitar su corazón en las aienes. No, no, por qué, no puede estar pasando esto, que alguien me saque de aquí. Piensa, piensa rápido, ellos están metidos de lleno en su bombardeo, ¿Te has mirado al espejo esta mañana, se ha roto? ¿Con esa cara puedes ligar?¿Eres virgen? ¿Por qué eres tan fea? No sabe cómo reaccionar, como actuar, encajonada en el pupitre, sin margen de movimientos, sin aliados, los compañeros de su alrededor observan el espectáculo. Se ríe, sólo es capaz de reír, no tiene gracia pero qué puede hacer. Sola. Rodeada por sus acosadores. Literalmente. Su rutina diaria en el colegio es «intentar» estudiar, quiere sacar buenas notas, sueña con ser periodista, pero por algún motivo siempre coincide en clase con ellos. Desde las ocho de la mañana hasta las cinco de la tarde escucha la misma retahíla, sólo interrumpida por los veinte minutos de patio: Fea, fea, fea. Se lo acaba creyendo. La clase se hace interminable, ¿Qué demonios hace este profesor, por qué no se entera de este tormento?. Socorro. ¿Cómo puedes vivir siendo tan fea? ¿Te quieres suicidar por ser tan fea? Escucha en silencio, cada insulto se le clava en el corazón, en el alma. No puede responder, no le salen las palabras, ni siquiera las lágrimas, no le sale nada, sólo quiere desaparecer. Termina la clase. No se lo puede creer. Por fin. Revienta, sin poder evitarlo las lágrimas recorren su rostro, como si nunca hubiera llorado, como si no hubiera un mañana. Recoge sus cosas y sale de la clase. Enfila el pasillo y corre. Corre sin parar, sin volver la vista atrás, no quiere ni mirar. Sólo escapar.
Un jarro de agua fría
Recuerdo con claridad lo que sentí cuando escuché la noticia. Cuando llegó a mis oídos aquello a lo que sabía que me iba a enfrentar. Lo esperaba, lo sabía, iba a pasar algo así. Lo había visto en su mirada, el temor en los ojos de ella, en sus palabras. La rabia contenida en los ojos de él. Estaba siendo una guardia tranquila, sólo tuve esa llamada, pero tenía su parte mala, claro, me tocaba atender al agresor… Así son las guardias en violencia de género, tienes que quedarte con el paquete completo, no puedes elegir. Llega el momento de entrevistarme con él. Mientras cruzo el calabozo y me acerco a la celda, un escalofrío recorre mi cuerpo, ese cosquilleo. ¿Intuición, presentimiento? Me digo a mi misma: «esto no va a ser fácil». Bajo la tenue luz de la celda lo veo allí sentado, los brazos sobre las rodillas, la mirada perdida a través de los barrotes, una sonrisa torcida cruza su rostro, en su barbilla puedo apreciar unos arañazos rodeados por sangre seca. Aunque está sentado, su presencia es imponente, viste una cazadora de estilo motero y unas botas que le dan mayor rudeza a su aspecto. Su mirada, creo que nunca podré olvidar esa mirada, no podía verlo sólo yo, estaba ahí. Empieza a hablarme y entonces veo a lo que me enfrento. Un encantador de serpientes. Su voz es pausada, una tonalidad suave acompaña sus palabras, no se altera al relatar los hechos, no emplea insultos ni palabrotas, ni siquiera cuando habla de las lesiones que ella le produjo en su defensa. No necesito saber más. Tengo delante mía a un maltratador. De libro. Va a ser duro, siempre es duro cuando tienes que ser la abogada del que sientes que es el malo de la historia, pero no hay elección, o lo tomas o lo dejas, los presuntos agresores tienen derecho a un abogado, ¿Quieres estar aquí como abogada? Tienes que comerte todo lo que no te guste, ejercitar la defensa de la mejor manera, desde la aplicación pura del Derecho, luego veremos si esto compensa. En mi caso me compensa. Con poder ayudar a una sola víctima me doy por satisfecha. Adelante. Hora de declarar, nada diferente a lo habitual, insultos en casa que acaban siendo mutuos, él intenta empujarla contra la pared, ella se defiende con sus manos. Un anillo un poco aparatoso roza su rostro causando unos rasguños. Los dos víctima y agresor pero la «lesión» visible sólo perjudica a uno. Ella intacta. Jurídicamente hablando voy a ganar mi defensa. El abogado contrario tranquilo, «es ella la que ha perdido los papeles, letrada, no pretenda ver más allá». Acusación de delito leve para ella y nada para él, insultos de los que no hay testigos. Él satisfecho pero con esa rabia en la mirada, pasar una noche en el calabozo no es del gusto de nadie, por mucho que te hagas el duro. Sé reconocer a una víctima y a un agresor, tantos años en esto me han dado esa «fortaleza». No puedo quedarme de brazos cruzados, ninguna norma me impide intentar ayudarla. Aprovecho el momento en que él está firmando la libertad, y mientras no nos mira, meto rápidamente mi tarjeta en su chaqueta. «Llámame» murmuro moviendo los labios. Me llamó. Nerviosa e impaciente, sus voz trabada a través del teléfono. Me la imagino mirando de un lado a otro, tocando su pelo, estrujando las manos. Su situación no es fácil, tiene dos hijos de otra relación, la convivencia con él es cada día peor, está desesperada, ya no es ninguna niña para liarse la manta a la cabeza. Le doy una cita para venir a verme, tengo recursos que ofrecerle, una casa de acogida donde vivir y empezar de cero, apoyo psicológico. Pero esa cita nunca tuvo lugar. Se tiró del coche de él en marcha. Él no tuvo ni que tocarla, no hizo falta. Sólo sus palabras consiguieron arrojarla a la carretera. El poder de las palabras. El poder del miedo.